Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¿No te lo dije? Claro que te lo dije, bueno, supongo que era un tema tan doloroso, que ni siquiera podía hablar de él. Hace dos semanas que estoy obsesionado, no he podido pensar en otra cosa, ni despierto ni dormido. La señora Garrow vive en Lowbridge y era paciente de Parker. Él me llamó para una consulta y yo hice un diagnóstico diferente del suyo, casi nos peleamos… yo estaba seguro de tener razón, insistí en que había una oportunidad. La mandamos a Montreal, aunque Parker dijo que no regresaría viva. El marido estaba dispuesto a pegarme un tiro cuando me viera. Cuando ella estaba allá, comencé a cuestionarme: tal vez sí me equivocaba, tal vez estaba torturándola sin necesidad. Encontré la carta en mi escritorio, ahora cuando entré… yo tenía razón, la operaron y tiene excelentes probabilidades de vivir. Ana, nenita, ¡podría saltar por encima de la luna! He rejuvenecido veinte años.
Ana no sabía si ponerse a reír o a llorar, de modo que comenzó a reír. Era hermoso poder reír otra vez, hermoso tener ganas de reír. Súbitamente todo volvía a estar bien.
—¿Supongo que ésa es la razón por la cual olvidaste nuestro aniversario? —lo aguijoneó.
Gilbert la soltó lo suficiente como para agarrar el paquetito que había dejado sobre la mesa.