Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —No lo olvidé. Hace dos semanas mandé pedir esto a Toronto. Y no llegó hasta esta noche. Me sentà tan mal esta mañana por no tener nada para darte que no dije nada; pensé que tú te habÃas olvidado, esperaba que te hubieras olvidado. Cuando entré en el escritorio, ahà estaba mi regalo, junto con la carta de Parker. A ver si te gusta.
Era un pequeño colgante de diamantes. Incluso a la luz de la luna resplandecÃa como algo vivo.
—Gilbert… y yo…
—Pruébatelo. Ojalá hubiera llegado esta mañana, entonces habrÃas tenido algo para ponerte para la cena, algo que no fuera ese viejo corazón de esmalte. Aunque quedaba bastante bonito acurrucado en ese pocito que tienes en la garganta, mi amor. ¿Por qué no te dejaste el vestido verde, Ana? Me gustaba, me hizo recordar aquel vestido con los capullitos de rosa que tenÃas en Redmond.
(¡Pero entonces se habÃa fijado en el vestido! ¡Y todavÃa recordaba aquel viejo vestido que tenÃa en la época de Redmond y que a él le gustaba tanto!).
Ana se sintió como un pájaro liberado; volaba otra vez. Los brazos de Gilbert la rodeaban; los ojos de él se miraban en los suyos a la luz de la luna.
—¿Me amas, Gilbert? ¿No soy sólo un hábito para ti? Hace tanto tiempo que no me dices que me quieres…