Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —¡Mi querido, querido amor! No creà que necesitaras palabras para saberlo. No podrÃa vivir sin ti. Tú siempre me das fuerzas. Hay un versÃculo de la Biblia que es especial para ti: «Ella le hará a él el bien y jamás el mal todos los dÃas de su vida».
La vida que habÃa parecido tan gris y tonta un rato antes era otra vez dorada, rosada y espléndidamente irisada. El colgante de diamantes cayó al suelo, sin que nadie se diera cuenta por el momento. Era hermoso, pero habÃa tantas cosas mucho más hermosas: la confianza, la paz, un trabajo agradable, las risas, la bondad… ese viejo y seguro sentimiento de un amor cierto.
—¡Ay, Gilbert, si pudiéramos hacer que este instante durara para siempre!
—Vamos a tener más momentos. Es hora de que tengamos una segunda luna de miel. Ana, habrá un gran congreso médico en Londres en febrero. Vamos a ir, y después vamos a ver un poco del Viejo Mundo. Vamos a tomarnos vacaciones. No seremos más que amantes otra vez, será como estar recién casados. Hace tiempo que no eres la de antes.
(De manera que se habÃa dado cuenta).
—Estás cansada y excedida de trabajo; necesitas un cambio.
(Tú también, amor mÃo. He estado tan terriblemente ciega).