Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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—No voy a permitir que me echen en cara que las esposas de los médicos nunca tienen los remedios que les hacen falta. Regresaremos descansados, con nuestro sentido del humor completamente restaurado. Bien, pruébate el colgante y vamos a la cama. Estoy medio muerto de sueño, hace semanas que no duermo como se debe, entre los mellizos y lo que me preocupaba por la señora Garrow.

—¿De qué hablasteis Christine y tú tanto rato en el jardín esta noche? —preguntó Ana, pavoneándose frente al espejo con sus diamantes.

Gilbert bostezó.

—Ah, no sé. Christine no dejaba de parlotear. Pero algo de lo que me dijo es factual. Una pulga puede saltar doscientas veces su largo. ¿Sabías eso, Ana?

(¿Estaban hablando de pulgas mientras yo me retorcía de celos? ¡Qué idiota he sido!).

—¿Y cómo fue que llegaron al tema de las pulgas?

—No me acuerdo, tal vez fue derivación del tema de los Dobermann pinschers.

—¡Dobermann pinschers! ¿Y qué son los Dobermann pinschers?


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