Ana la de Ingleside
Ana la de Ingleside —Un nuevo tipo de perro. Christine parece ser una experta en razas caninas. Yo estaba tan obsesionado con la señora Garrow, que no le presté demasiada atención a lo que me decÃa. Aquà y allÃ, pescaba una palabra sobre complejos y represiones, esa nueva psicologÃa que está apareciendo, y sobre arte, y gota, y polÃtica, y ranas.
—¡Ranas!
—Unos experimentos que está llevando a cabo un investigador de Winnipeg. Christine nunca fue muy entretenida, pero ahora está más aburrida que nunca. ¡Y maliciosa! Antes no era maliciosa.
—¿Qué te dijo que te pareció malicioso? —preguntó Ana, inocentemente.
—¿No te diste cuenta? Ah, supongo que no, estás tan lejos de esas cosas… Bueno, no importa. Esa risa suya me irritó los nervios. Y qué gorda está. Gracias al cielo que tú no engordaste, Ana, nenita.
—Ah, a mà no me pareció tan gorda —dijo Ana, caritativa—. Y por cierto que es una mujer muy hermosa.
—Más o menos. Pero se le han endurecido los rasgos; tiene tu misma edad pero parece diez años mayor.
—¡Y tú hablándole de juventud inmortal!
Gilbert sonrió con aire culpable.