Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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¿Y si se comía una gran cantidad de las manzanitas verdes del árbol joven, y se ponía muy enfermo? Tal vez así se asustarían. ¿Y si no volvía a lavarse detrás de las orejas? ¿O si el domingo próximo le hacía muecas a todo el mundo en la iglesia? ¿Y si le ponía encima un gusano a la tía Mary María, un gusano grande y peludo? ¿Y si se escapaba al puerto y se escondía en el barco del capitán David Reese y zarpaba por la mañana camino a América del Sur? ¿Lo sentirían, entonces? ¿Y si no volvía nunca? ¿Y si se iba a cazar jaguares a Brasil? ¿Lo sentirían entonces? No, seguro que no. Nadie lo quería. Tenía un agujero en el bolsillo del pantalón. Nadie se lo había cosido. Bien, a él no le importaba. Le mostraría el agujero a todo el mundo en Glen para que la gente supiera lo poco que lo cuidaban. Sus agravios salieron a la superficie y lo abrumaron.

Tictac… tictac… tictac… hacía el gran reloj de pie de la sala, que habían llevado a Ingleside tras la muerte del abuelo Blythe… Un reloj deliberadamente viejo que databa de la época en la que había eso llamado tiempo. A Jem en general le encantaba, pero ahora lo odiaba. Le parecía que se reía de él: «Ja, ja, se acerca la hora de acostarse. Los otros chicos pueden ir a Harbour Mouth, pero tú te vas a la cama. ¡Ja, ja… ja, ja… ja, ja!».

¿Por qué tenía que irse a la cama todas las noches? Sí, ¿por qué?


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