Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Susan salió, camino a Glen, se acercó y miró con ternura a la pequeña figura rebelde.

—No tienes por qué acostarte hasta que yo regrese, pequeño Jem —le dijo, indulgente.

—¡Yo no voy a acostarme esta noche! —dijo Jem, con violencia—. Voy a escaparme, eso es lo que voy a hacer, vieja Susan Baker. Voy a ir y voy a tirarme al estanque, vieja Susan Baker.

A Susan no le gustaba que le dijeran vieja, ni siquiera el pequeño Jem. Se alejó en un adusto silencio. Sí, le hacía falta un poco de disciplina. Camarón, que había salido con ella de la casa y tenía ganas de compañía, se sentó sobre las nalgas delante de Jem, pero sólo recibió una mirada airada a modo de respuesta.

—¡Fuera! ¡Sentado ahí, mirándome como la tía Mary María! ¡Fuera! Ah, ¿no te vas, eh? ¡Toma, entonces!

Jem le tiró la pequeña carretilla de lata de Shirley, que estaba cerca, y Camarón salió corriendo con un miau de queja hacia el refugio del seto de eglantinas. ¡Mira eso! ¡Hasta el gato de la familia lo odiaba! ¿Qué sentido tenía seguir viviendo?


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