Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Ana había ido a revisar ella misma la casa. ¡Jem tenía que estar en algún lado! No estaba en su dormitorio la cama no había sido tocada… No estaba en el dormitorio de las mellizas, ni en el de ella… No estaba… no estaba en ninguna parte de la casa. Ana, después de un peregrinaje desde la buhardilla hasta el sótano, volvió a la sala en un estado que se aproximaba mucho al pánico.

—No quiero ponerte nerviosa, Ana —dijo la tía Mary María, bajando la voz tétricamente—, pero ¿te fijaste en el tanque del agua de lluvia? El año pasado, el pequeño Jack MacGregor se ahogó en un tanque de agua de lluvia, en la ciudad.

—Yo… yo me fijé —dijo Susan, retorciéndose otra vez las manos—. Yo… llevé un palo y revisé el fondo…

El corazón de Ana, que se había paralizado con la pregunta de la tía Mary María, retomó su actividad. Susan logró controlarse y dejó de retorcerse las manos. Había recordado demasiado tarde que no había que preocupar a la querida señora.

—Debemos tranquilizarnos y controlarnos —dijo, con voz temblorosa—. Como usted dice, mi querida señora, tiene que estar en alguna parte. No pudo haberse disuelto en el aire.

—¿Se fijaron en la carbonera? ¿Y en el reloj? —preguntó la tía Mary María.


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