Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Susan se había fijado en la carbonera pero a nadie se le había ocurrido pensar en el reloj. Era lo bastante grande como para que un niño pequeño se ocultara en él. Ana, sin pensar que sería absurdo que Jem pudiera haber estado acurrucado allí durante cuatro horas, corrió a ver. Pero Jem no estaba en el reloj.

—Yo sentí que iba a suceder algo cuando me fui a acostar esta noche —dijo la tía Mary María, llevándose las manos a las sienes—. Cuando leí mi capítulo de la Biblia, como todas las noches, las palabras «No sabes lo que deparará cada día» parecieron saltar a los ojos desde la hoja. Fue una señal. Será mejor que te prepares para lo peor, Ana. Pudo haberse ido hasta el pantano. Es una lástima que no tengamos algunos sabuesos.

Con un tremendo esfuerzo, Ana consiguió reír.

—Me temo que no hay ninguno en la Isla, tía. Si tuviéramos el viejo setter de Gilbert, Rex, que fue envenenado, él enseguida encontraría a Jem. Estoy segura de que estamos alarmándonos por nada…

—Tommy Spencer, de Carmody, desapareció misteriosamente hace cuarenta años y jamás lo encontraron… ¿o sí? Bueno, si lo hallaron, fue sólo su esqueleto. No es para reírse, Anita. No sé cómo puedes tomarlo con tanta calma.

Sonó el teléfono. Ana y Susan se miraron.


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