Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Ana, debilitada por el alivio y la alegría, entró en el dormitorio y cayó de rodillas junto al asiento de la ventana. Pronto ella y Susan se echarían a reír por su propia tontería, pero ahora no podía haber más que lágrimas de agradecimiento. El pequeño Jem estaba profundamente dormido sobre el asiento, tapado con una manta, con su gastado osito de peluche apretado entre las manitas bronceadas por el sol y un nada rencoroso Camarón estirado encima de sus piernas. Sus rizos rojos caían sobre el almohadón. Parecía estar en medio de un sueño placentero, y Ana no quiso despertarlo. Pero de pronto, él abrió los ojos, que eran como estrellas color avellana, y la miró.

—Jem, querido, ¿por qué no estás en tu cama? Nos… nos asustamos… No podíamos encontrarte por ningún lado y… y no se nos ocurrió buscarte aquí…

—Quería estar aquí porque así podría veros a ti y a papá cuando llegarais a casa. Me sentí tan solo que tuve que venir a acostarme.





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