Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Mamá lo tomó en sus brazos y lo llevó a su cama. Le gustaba tanto que lo besara, sentir que lo arropaba con caricias y palmaditas que le hacían sentir que lo querían. ¿Qué importancia tenía ponerse a mirar cómo alguien tatuaba una vieja serpiente? Mamá era tan buena… la mejor mamá del mundo. A la madre de Bertie Shakespeare, todo el mundo en Glen le decía «Señora Bruja», por lo mala que era y él sabía, porque lo había visto, que le daba sopapos a Bertie por cualquier cosa.

—Mamá —dijo semidormido—, claro que te voy a traer anémonas la primavera próxima, y todas las primaveras. Puedes confiar en mí.

—Por supuesto que sí, mi amor —dijo mamá.

—Bien, ya que todos han solucionado sus inquietudes, supongo que podemos respirar en paz y retirarnos a nuestras habitaciones —dijo la tía Mary María. Pero había una especie de malhumorado alivio en su tono.

—Fue una tontería de mi parte no recordar el asiento de la ventana —dijo Ana—. Ha sido un chasco y el doctor no permitirá que lo olvidemos, puedes estar segura. Susan, por favor, llame al señor Flagg y avísele que hemos encontrado a Jem.

—¡Cómo se va a reír de mí! —dijo Susan, contenta—. No es que me importe… que se ría todo lo que quiera ahora que el pequeño Jem está a salvo.


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