Ana la de Ingleside

Ana la de Ingleside

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Su vieja habitación de la buhardilla seguía preparada para recibirla, y cuando Ana subió la noche de su llegada, se encontró con que la señora Lynde había puesto un gran ramo de primaverales flores silvestres en su honor… un ramo que, cuando Ana hundió la cara entre las flores, parecía haber guardado toda la fragancia de años nunca olvidados. La Ana de antes estaba esperándola allí. Profundas y atesoradas alegrías de otros tiempos le aletearon en el corazón. La habitación de la buhardilla la abrazaba, la retenía, la envolvía. Miró con cariño la vieja colcha de hojas de manzano que la señora Lynde le había tejido, y las almohadas impecables adornadas con anchas puntillas tejidas por la señora Lynde, las alfombras tejidas por Marilla, el espejo que había reflejado la cara de la huerfanita con su frente virgen de niña, la huerfanita que se había quedado dormida llorando aquella primera noche, hacía tanto. Ana olvidó que era una alegre madre de cinco hijos, y que, en Ingleside, Susan Baker tejía otra vez misteriosos escarpines. Una vez más, se sentía Ana, la de Tejas Verdes.

Cuando la señora Lynde entró con toallas limpias, la halló todavía mirándose al espejo con expresión soñadora.



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