Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Parece que hemos llegado a un cruce de caminos —exclamó Ana pensativamente—. Debemos separarnos. ¿Te parece que crecer es tan agradable como lo imaginábamos cuando niñas?
—No sé; hay cosas que están bien —respondió Diana acariciando su anillo con aquella sonrisita que hacÃa sentirse a Ana repentinamente excluida y sin experiencia—. Pero veo muchas cosas confusas. A veces el ser mayor me asusta y darÃa cualquier cosa por ser otra vez una niña.
—Ya nos acostumbraremos —repuso Ana alegremente—. No pueden seguir surgiendo cosas inesperadas a cada momento; aunque, para mÃ, son éstas las que dan sal a la vida. Tenemos dieciocho años, Diana. Dos más y serán veinte. Cuando tenÃa diez años veÃa los veinte como una lejana edad madura. Poco más y estarás convertida en una juiciosa y madura señora, y yo seré la tÃa solterona que vendrá a visitarte durante las vacaciones. Siempre me reservarás un rinconcito; ¿no es cierto, Dianita? Claro que no el cuarto de huéspedes. Las solteronas no pueden aspirar a dormir allÃ: yo seré tan humilde como Uriah Heep y me contentaré con un lugar en el altillo.