Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Qué tonterÃas estás diciendo, Ana! —rió Diana—. Tú te casarás con un hombre guapo, elegante y rico. Ningún cuarto de huéspedes en Avonlea será bastante suntuoso para ti y ahuecarás la nariz cuando veas a tus amigos de la juventud.
—SerÃa una pena; mi nariz no está mal, pero si la ahueco queda horrorosa —dijo Ana dándose golpecitos en ella—. Y no tengo unos rasgos tan bellos como para echarla a perder; de cualquier modo, aunque me casara con el Rey de la Isla de los CanÃbales, no pasarÃa ante ti con la nariz levantada.
Otra alegre carcajada y las jovencitas se separaron: Diana para regresar a «La Cuesta del Huerto»; Ana para ir hasta la oficina de correos. Allà la esperaba una carta. Cuando Gilbert Blythe la alcanzó en el puente sobre el Lago de las Aguas Refulgentes, estaba chispeante de excitación.
—¡Priscilla Grant también va a Redmond! —exclamó Ana—. ¿No es fantástico? TenÃa la esperanza de que fuera, pero ella no creÃa que su padre se lo permitiera. Sin embargo lo ha hecho. Junto a Priscilla soy capaz de afrontar cualquier cosa, hasta a los profesores de Redmond, todos juntos.
—Creo que nos gustará Kingsport —dijo Gilbert—. Me han dicho que es una vieja aldea, con el parque natural más hermoso del mundo y un paisaje magnÃfico.