Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Dudo que sea más hermoso que esto —murmuró Ana, con la mirada amante y transfigurada de aquéllos para quienes el hogar es el lugar más hermoso del mundo, no importa qué paraÃsos pueda haber bajo otros cielos.
Estaban acodados en el puente, embebidos en el encanto del crepúsculo, exactamente donde Ana habÃa subido de su bote anegado aquel dÃa en que Elaine flotaba hacia Camelot. Aunque el cielo estaba aún teñido de púrpura, el reflejo de la luna prestaba a las aguas una plateada irrealidad de ensueño. Mientras, el recuerdo tejÃa un mágico y sutil encantamiento entre los dos jóvenes.
—Estás pensativa, Ana —dijo él por fin.
—Temo que si hablo o me muevo toda esta magnÃfica belleza se desvanecerá como un silencio roto —suspiró ella.
De pronto la mano del joven se posó sobre la de Ana, blanca y delicada, que descansaba en la baranda. Veláronse sus ojos castaños y algo de los sueños que estremecÃan su alma pugnó por brotar de sus labios entreabiertos. Pero ella retiró su mano y se volvió vivamente. El encanto del crepúsculo se disipó.