Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Detente, Pris. «TodavÃa está por ocurrir lo mejor». Como los antiguos romanos, encontraremos una casa o la levantaremos. En un dÃa como el de hoy la palabra fracaso no figura en mi diccionario.
Vagaron por el parque hasta el atardecer, viviendo el maravilloso milagro del despertar de la primavera, y regresaron como de costumbre por la avenida Spofford para poder ver «La Casa de Patty».
—Tengo la impresión de que está por ocurrir algo misterioso —dijo Ana mientras bajaban la cuesta—. Es una hermosa sensación. ¡Oh, oh, oh! ¡Priscilla Grant, mira hacia allà y dime si estoy viendo visiones!
Priscilla miró. Los sentidos de Ana no la habÃan engañado. Sobre la arcada de «La Casa de Patty» danzaba un pequeño y modesto cartel. DecÃa: «Se alquila amueblada. Informes aquû.
—Priscilla —susurró Ana—, ¿crees que es posible que podamos alquilar «La Casa de Patty»?
—No —contestó Priscilla—. SerÃa demasiado bueno para ser verdad. Los cuentos de hadas no ocurren en estos dÃas. No quiero hacerme ilusiones, Ana, pues el desengaño serÃa terrible. Seguramente que piden por ella más de lo que podemos pagar. Acuérdate de que está en Spofford Avenue.