Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¿Y no es hermoso dejar de lado las pieles y los tocados invernales por vez primera y pasear como ahora, con ropas primaverales? —preguntó Priscilla riendo—. ¿No te sientes renovada?
—En primavera todo es nuevo —dijo Ana—. La misma primavera es siempre distinta. Ninguna es igual a las anteriores; siempre posee algo peculiar. Mira qué verde está la hierba y cómo están creciendo los retoños del sauce junto a la laguna…
—Y los exámenes ya han pasado y se acerca el dÃa de la asamblea; es el miércoles próximo. Una semana después estaremos en nuestro hogar.
—Me alegro —dijo Ana, soñadora—. ¡Son tantas las cosas que quiero hacer! Quiero sentarme en los escalones del portal y sentir la brisa que viene de los campos del señor Harrison. Quiero buscar margaritas en el Bosque Embrujado y violetas en el Valle de las Violetas. ¿Recuerdas, Priscilla, el dÃa de nuestra dorada excursión? Quiero escuchar el croar de las ranas y el susurro de los álamos. Pero también he aprendido a querer a Kingsport y me alegro de regresar en el otoño. De no haber ganado la beca Thorburn no creo que hubiera podido hacerlo. No habrÃa podido tocar un centavo de los ahorros de Marilla.
—¡Si sólo pudiésemos encontrar una casa! —suspiró Priscilla—. Mira Kingsport, Ana; por todas partes casas, casas y casas, y ni una para nosotras.