Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Y comenzaron a buscar casa, sólo para encontrar que sus deseos eran aún más difíciles de realizar de lo que Priscilla temiera. Había casas en abundancia, con muebles y sin ellos; pero una era demasiado grande y otra demasiado pequeña; ésta demasiado cara, aquélla demasiado alejada de la universidad. Llegaron y pasaron los exámenes; empezó la última semana del curso y todavía su «casa de ensueño», como Ana la llamaba, no había aparecido.

—Tendremos que abandonar todo hasta el otoño —dijo Priscilla tristemente, mientras vagaban por el parque en uno de los hermosos días de abril, cuando el puerto brillaba entre la neblina—. Quizá encontremos entonces una choza donde albergarnos; y si no, siempre podremos recurrir a una pensión.

—De todos modos, no pienso preocuparme ahora por eso y echar a perder una tarde tan linda —dijo Ana, mientras lanzaba una mirada a su alrededor. El frío aire estaba cargado del balsámico olor de los pinos, y el cielo era cristalino y azul—. Hoy canta la primavera en mi sangre y siento en el aire la llamada de abril. Por culpa del viento del oeste estoy viendo visiones. Amo ese viento. ¿No es cierto que cuenta sus esperanzas y alegrías? Cuando sopla el viento del este pienso en la triste lluvia golpeando los aleros y en las olas sobre la costa gris. Cuando envejezca, el viento de oriente me traerá reumatismo.


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