Ana la de La Isla
Ana la de La Isla La tarde siguiente las encontró recorriendo resueltamente el camino que atravesaba el pequeño jardín. El aire de abril acariciaba los pinos y la arboleda estaba poblada de regordetes y chillones petirrojos. Las muchachas llamaron con timidez y fueron atendidas por una ceñuda y anciana criada. La puerta abría directamente sobre un amplio salón en el que ardía un alegre fuego, a cuyo abrigo se hallaban dos damas, ambas ceñudas y ancianas. Salvo en el hecho de aparentar una setenta años y la otra sólo cincuenta, las dos tenían el mismo aspecto. Las dos poseían ojos azules, asombrosamente grandes tras los anteojos de montura de acero; las dos llevaban una cofia y un chal de color gris; las dos tejían sin prisa y sin pausa; las dos se mecían suavemente en su asiento. Miraron a las jóvenes sin decir palabra. Detrás de cada silla había un gran perro de porcelana blanca cubierto de manchas verdes, verde la nariz y verdes las orejas. Los perros despertaron inmediatamente la fantasía de Ana; parecían dos deidades gemelas protectoras de «La Casa de Patty».