Ana la de La Isla

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CAPÍTULO DIEZ «La Casa de Patty»

La tarde siguiente las encontró recorriendo resueltamente el camino que atravesaba el pequeño jardín. El aire de abril acariciaba los pinos y la arboleda estaba poblada de regordetes y chillones petirrojos. Las muchachas llamaron con timidez y fueron atendidas por una ceñuda y anciana criada. La puerta abría directamente sobre un amplio salón en el que ardía un alegre fuego, a cuyo abrigo se hallaban dos damas, ambas ceñudas y ancianas. Salvo en el hecho de aparentar una setenta años y la otra sólo cincuenta, las dos tenían el mismo aspecto. Las dos poseían ojos azules, asombrosamente grandes tras los anteojos de montura de acero; las dos llevaban una cofia y un chal de color gris; las dos tejían sin prisa y sin pausa; las dos se mecían suavemente en su asiento. Miraron a las jóvenes sin decir palabra. Detrás de cada silla había un gran perro de porcelana blanca cubierto de manchas verdes, verde la nariz y verdes las orejas. Los perros despertaron inmediatamente la fantasía de Ana; parecían dos deidades gemelas protectoras de «La Casa de Patty».




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