Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Durante varios minutos nadie habló. Las muchachas estaban demasiado nerviosas para decir palabra y ni las ancianas ni los perros de porcelana parecÃan inclinados a iniciar la conversación. Ana observó la habitación. ¡Qué lugar tan adorable! Otra puerta daba al bosquecillo y los petirrojos llegaban audazmente hasta el mismo umbral. El piso estaba cubierto de esterillas bordadas, iguales a las que tenÃa Marilla en «Tejas Verdes», y a las que todo el mundo consideraba anticuadas, aun en Avonlea. ¡Y estaban en plena Spofford Avenue! Un pulido reloj antiguo sonaba fuerte y solemnemente en un rincón. Sobre la chimenea habÃa unos pequeños aparadores, detrás de cuyas puertas de vidrio brillaban hermosas porcelanas. De las paredes colgaban cuadros y siluetas. En un ángulo del salón estaba la escalera, en cuyo primer descansillo se abrÃa un largo ventanal con un acogedor asiento. Todo era tal como Ana imaginara. El silencio se habÃa tornado tan pesado que Priscilla dio un pequeño codazo a Ana intimándola a hablar.
—Nosotras… nosotras vimos el anuncio de que esta casa se alquila —dijo Ana desmayadamente, dirigiéndose a la mayor de las damas, evidentemente la señorita Patty Spofford.
—¡Oh, sÃ! —respondió la señorita Patty—. Hoy pensábamos quitar el cartel.
—Entonces… entonces es demasiado tarde —exclamó Ana, pesarosa—. ¿La han alquilado ya?