Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No; hemos decidido no hacerlo.
—¡Qué pena! —dijo Ana impulsivamente—. ¡Amo este lugar! TenÃa la esperanza de que podrÃamos vivir aquÃ.
La señorita Patty dejó a un lado su labor, se quitó los anteojos, los limpió, volvió a ponérselos, y por primera vez miró a Ana como a un ser humano. La otra dama repitió los movimientos de ésta con tal exactitud, que podÃa haber pasado perfectamente por su imagen reflejada en un espejo.
—Usted lo ama —exclamó la señorita Patty con énfasis—. ¿Quiere decir que de verdad lo ama? ¿O es que simplemente le gusta? Las jóvenes de hoy en dÃa usan términos tan exagerados que uno nunca puede saber qué quieren significar realmente. No sucedÃa asà cuando yo era joven. En aquel tiempo una muchacha no decÃa que amaba los nabos con el mismo tono con que decÃa que amaba a su madre o al Salvador.
—Realmente lo amo —dijo Ana dulcemente—. Lo he amado desde el primer instante en que lo vi. Mis dos compañeras y yo queremos alquilar una casa el año próximo en lugar de vivir en una pensión y por eso buscábamos una casita que nos conviniera; cuando supe que ésta se alquilaba me sentà muy feliz.