Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Si la amas, es tuya —dijo la señorita Patty—. MarÃa y yo decidimos esta tarde que no la alquilarÃamos porque no nos gustó ninguno de los que se presentaron a verla. No tenemos necesidad de hacerlo. Podemos costearnos el viaje a Europa. Claro que será una ayuda, pero ni por todo el oro del mundo le dejarÃa mi casa a gentes como las que vinieron a verla. Tú eres distinta. Creo que la querrás y serás buena con ella. Es tuya.
—Si… si podemos pagar lo que ustedes piden —balbuceó Ana.
La señorita Patty dijo la cantidad. Ana y Priscilla se miraron. Priscilla sacudió la cabeza.
—Mucho me temo que no podamos pagar tanto —dijo Ana ahogando su desilusión—. ¿Sabe? Sólo somos estudiantes, y pobres.
—¿Cuánto pensaban pagar? —preguntó la señorita Patty sin dejar de tejer.
Ana lo dijo. La señorita Patty asintió gravemente.
—Eso será. Como ya les dije, no la alquilamos por necesidad. No somos ricas, pero tenemos suficiente para el viaje a Europa. Nunca he estado allà y no pensé en hacer ese viaje, pero mi sobrina, MarÃa Spofford, está empeñada en hacerlo. Y ahora, dÃganme si una joven como MarÃa puede andar sola trotando por el mundo.
—No… yo… supongo que no —murmuró Ana, viendo que la señorita Patty era completamente sincera.