Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Claro que no. De modo que debo ir con ella para cuidarla. Espero que también me divertiré; tengo setenta años, pero todavía no estoy cansada de vivir. Si se me hubiera ocurrido, ya habría ido a Europa antes. Estaremos fuera dos años, tal vez tres. Salimos en junio y les enviaremos la llave cuando esté todo en orden, para que tomen posesión de la casa cuando lo deseen. Empaquetaremos sólo algunas cosas que apreciamos especialmente y el resto quedará aquí.

—¿Dejará los perros de porcelana? —preguntó Ana tímidamente.

—¿Los quieres?

—¡Oh, sí! Son magníficos.

La expresión de la señorita Patty se tornó placentera.

—Tengo por esos perros un gran aprecio —dijo orgullosamente—. Tienen unos cien años y han estado sentados a ambos lados de la chimenea desde que mi hermano Aarón los trajo de Londres hace cincuenta años. Spofford Avenue fue llamada así en honor a mi hermano.

—Era un gran hombre —dijo la señorita María, hablando por primera vez—. Hoy en día no se encuentran caballeros como él.

—Fue para ti un buen tío, María, y haces bien en recordarlo.


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