Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Siempre lo recordaré —exclamó la señorita María con solemnidad—. Puedo verlo en este mismo momento, de pie ante el fuego, con las manos bajo los faldones de su gabán.

La señorita María sacó un pañuelo y se lo llevó a los ojos; pero la señorita Patty retornó resueltamente del mundo de los sentimientos al de los negocios.

—Dejaré los perros donde están si me prometen cuidarlos. Sus nombres son Gog y Magog. Gog mira hacia la derecha y Magog a la izquierda. Y hay algo más. Espero que no se opondrán a que esto siga llamándose «La Casa de Patty».

—Por supuesto que no. Pensamos que el nombre es una de las cosas más bonitas que tiene.

—Veo que tienen sentido común —dijo la señorita Patty con gran satisfacción—. ¿Quieren creer que todos los que vinieron para alquilar la casa me preguntaron si podían cambiarle el nombre mientras la ocuparan? Yo les dije rotundamente que el nombre pertenece a la casa. Se ha llamado así desde que mi hermano Aarón me la dejó en herencia y así seguirá llamándose hasta que María y yo muramos. Después de esto, el nuevo propietario puede ponerle cualquier nombre tonto que se le ocurra —concluyó la señorita Patty como si hubiera dicho «Después de esto, el diluvio universal»—. Y ahora, ¿querrían ustedes recorrer la casa y verlo todo antes de que demos por terminado el trato?


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