Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Oh!, ¿qué puedo hacer contra eso? —demandó Phil trágicamente—. Saben mejor unas hierbas en compañÃa de seres queridos que un buey bien cebado comido en una solitaria pensión. No penséis que soy toda estómago; serÃa capaz de vivir a agua y pan… con un poquito de manteca… si me dejáis ir con vosotras.
—Además —continuó Ana— habrá que trabajar mucho. La tÃa de Stella no podrá ocuparse de todo. Cada una tendrá asignada su tarea, y tú…
—… no sabes hacer nada —concluyó Philippa—. Pero aprenderé. Sólo tendréis que enseñarme una vez. Para empezar, puedo hacer mi cama. Y recordad que si bien no sé cocinar, nunca pierdo la paciencia; eso es algo. Y jamás protesto por el tiempo que hace. Eso es más aún. ¡Oh, por favor, por favor! Nunca he deseado tanto otra cosa en la vida… y este suelo está muy duro.
—Hay algo más, Phil —dijo Priscilla resueltamente—. Tú, como todo Redmond sabe, recibes visitas casi todas las noches. En «La Casa de Patty» eso no será posible. Hemos decidido recibir a nuestras amigas únicamente los viernes por la tarde. Si vienes con nosotras tendrás que observar esta regla.