Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana regresó a Avonlea con el galardón de la beca de Thorburn. Todos le aseguraban que no había cambiado mucho y lo decían como si estuvieran sorprendidos. Avonlea tampoco había cambiado. Por lo menos, así parecía al comienzo. Pero cuando aquel domingo Ana se sentó en el reclinatorio, observó una serie de pequeños cambios que, al presentársele todos juntos, le hicieron pensar en que el tiempo no pasa en vano ni siquiera en Avonlea. En el púlpito predicaba un nuevo pastor. En los bancos no se veían ni se verían nunca más algunos rostros antes familiares: el del viejo «Tío Abe», con su profecía cumplida; el de la señora Sloane, que había suspirado ya por última vez; el de Timothy Cotton que, como dijera la señora Lynde, «se las había arreglado para morirse de una vez después de veinte años de ensayo»; y el del viejo Josiah Sloane, a quien nadie reconoció en su ataúd por sus patillas bien cortadas. Todos dormían su último sueño en el cementerio, detrás de la capilla. ¡Y Billy Andrews se había casado con Nettie Blewett! Aquel domingo aparecían juntos por primera vez después de la boda. Cuando Billy acompañó a su esposa, vestida de sedas y adornada con plumas, hasta el banco de los Andrews, Ana bajó los ojos para que no se la viera reír. Recordó la tormentosa noche de Navidad en que Jane le pidiera su mano para Billy. Por cierto que las calabazas no parecían haberle quebrado el corazón. Ana se preguntaba si también Jane habría tenido que pedir la mano de Nettie para él o si el muchacho habría reunido bastante valor para hacerlo personalmente. Toda la familia Andrews compartía su orgullo, desde la señora Harmon, en el órgano, hasta Jane en los bancos. Jane había renunciado al colegio y pensaba trasladarse al oeste al otoño siguiente.
