Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Lo que ocurre es que no puede conseguir un novio en Avonlea, eso es —dijo desdeñosamente la señora Lynde—. Dice que el oeste le sentará bien. Es la primera vez que tengo noticias de su mala salud.

—Jane es una buena chica —dijo Ana, con lealtad—. Nunca trató de llamar la atención, como hacen otras.

—¡Oh, desde luego que no corría tras los hombres, si es eso lo que quieres decir! —contestó la señora Rachel—. Pero querrá casarse tanto como la que más, eso es. ¿Qué otra cosa podría llevarla al oeste, a un lugar desamparado y con la única ventaja de que abundan allí los hombres y escasean las mujeres?

Pero no fue a Jane a quien Ana contempló aquel día con sorpresa y consternación. Fue a Ruby Gillis, que se sentó junto a ella en el coro. ¿Qué le había ocurrido a Ruby? Estaba más hermosa que nunca; pero sus ojos azules tenían un brillo excesivo y el color de sus mejillas era demasiado intenso; además, estaba muy delgada. Las manos que sostenían el misal eran casi transparentes.

—¿Está enferma Ruby Gillis? —preguntó Ana a la señora Lynde mientras regresaban de la iglesia.


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