Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Ruby Gillis se está muriendo de tisis galopante —dijo bruscamente la señora Lynde—. Todos lo saben, excepto ella y su familia. Ellos no dan su brazo a torcer. Si les preguntas por ella te dicen que está bien. No ha podido dar clase desde que tuvo una congestión pulmonar este invierno, pero dice que volverá a hacerlo en el otoño y quiere ejercer en la escuela de White Sands. Cuando esa escuela se reabra, la pobre niña estará ya en la tumba, eso es.
Ana escuchaba en silencio. ¿SerÃa verdad que Ruby Gillis, su antigua condiscÃpula, se estaba muriendo? ¿Era posible? En los últimos años se habÃan separado, pero aún existÃa la vieja intimidad de la escuela, y esas noticias le llegaron al corazón. ¡Ruby, la brillante, la alegre, la coqueta! Era imposible asociarla con la idea de la muerte. Cuando finalizó el servicio religioso dio cordialmente la bienvenida a Ana, invitándola a que la visitara la tarde siguiente.
—Estaré fuera el martes y el miércoles por la tarde —le habÃa murmurado triunfante—. Hay un concierto en Carmody y una fiesta en White Sands. Herb Spencer me lleva. Es mi último adorador. Ven mañana. Me muero por hablar largo y tendido contigo. Quiero que me cuentes tus andanzas por Redmond.
Ana sabÃa bien que lo que Ruby deseaba era hablarle de sus últimas conquistas, pero prometió ir y Diana se ofreció a acompañarla.