Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Hace tiempo que deseaba ver a Ruby —dijo cuando dejaron «Tejas Verdes», la tarde siguiente—, pero realmente no podía ir sola. Es horrible ver cómo se estremece mientras trata de aparentar que nada le ocurre, cuando no puede casi hablar a causa de la tos. Está luchando desesperadamente por vivir y, por lo que afirman, no tiene salvación.

Las muchachas marcharon silenciosas por el camino, a la luz del crepúsculo. Los petirrojos cantaban en los árboles, llenando el dorado aire con sus trinos jubilosos. El croar de las ranas llegaba de los pantanos y las lagunas, por encima de los campos, en los que reventaban las semillas al sol y bajo las lluvias. El aire estaba perfumado con el aroma salvaje y dulce de las frambuesas. En las silenciosas hondonadas se cernía una blanca neblina y sobre los campos brillaban solitarias estrellas.

—¡Qué atardecer más hermoso! —dijo Diana—. Mira, Ana, parece un país de ensueño. Ese largo banco bajo nubes purpúreas es la tierra y el cielo claro, encima, es un mar dorado.

—¡Cuán hermoso sería navegar en él en el barco de luz de la luna que ideó Paul en su vieja composición!, ¿te acuerdas? —preguntó Ana, despertando de sus sueños—. ¿Crees, Diana, que allí podríamos volver a encontrar nuestros sueños de ayer?


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