Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¿Y qué autoridad tiene el señor Harrison para hablar as� —preguntó Diana, irritada.
Encontraron la casa de los Gillis iluminada y llena de gente. Leonard Kimball, de Spencervale, y Morgan Bell, de Carmody, se contemplaban a través del comedor. Varias muchachas estaban de visita. Ruby se hallaba vestida de blanco y sus ojos y mejillas brillaban en extremo. Rio y charló sin cesar, y cuando las otras muchachas se hubieron ido, condujo a Ana al piso superior para enseñarle sus nuevos vestidos de verano.
—TodavÃa tengo que hacerme uno de seda azul, pero es demasiado pesado para el verano. Creo que esperaré hasta el otoño. Sabrás que iré a enseñar a White Sands. ¿Qué te parece mi sombrero? El que tú llevabas ayer en la iglesia era muy bonito. Pero para mà me gusta uno más brillante. ¿Has notado esos dos ridÃculos muchachos que están abajo? Vienen dispuestos a desplazarse uno a otro. A mà no me interesa ninguno de ellos. Herb Spencer es quien me gusta, aunque algunas veces lo dudo. En Navidad creà que me gustaba el maestro de Spencervale. Pero algo encontré en él que me desagradó. Casi enloqueció cuando le di calabazas. Hubiera preferido que esos dos chicos no hubiesen venido esta noche. QuerÃa charlar largo y tendido contigo, Ana. TodavÃa somos buenas amigas, ¿no?