Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ruby pasó su brazo por la cintura de Ana con una risita hueca. Pero, por un instante, cuando sus ojos se encontraron, Ana vio más allá del brillo de los de su amiga algo que le hizo doler el corazón.
—Ven a menudo, Ana. Ven sola, te necesito —murmuró Ruby.
—¿Te sientes bien, Ruby?
—¡Perfectamente! Nunca me sentí mejor. Claro que esa congestión del invierno pasado me aplacó un poco. Pero fíjate en mis colores. Estoy segura de que no parezco una inválida.
La voz de Ruby sonaba aguda. Retiró su brazo del talle de su amiga, como resentida, y bajó las escaleras. En el salón estuvo más alegre que nunca, aparentemente tan concentrada en el juego con sus adoradores que Diana y Ana se sintieron un poco fuera de lugar y partieron casi enseguida.