Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —SÃ; todo lo que se ve —respondió Davy con aire desafiante.
La señora Lynde suspiró. Sus sospechas recaÃan sobre las orejas y el cuello del niño, pero sabÃa que si intentaba inspeccionarlo saldrÃa corriendo; y aquel dÃa ella no podÃa perseguirlo.
—Bueno, portaos bien. No andéis por el polvo. No os detengáis en la puerta a hablar con los otros niños. No os mováis en los asientos. No olvidéis la Historia Sagrada. No perdáis el dinero ni olvidéis darlo en la colecta. No habléis durante la oración y prestad atención al sermón.
Davy no se molestó en contestar. Echó a andar cuesta abajo seguido humildemente por Dora. Pero el alma le bullÃa dentro del cuerpo. HabÃa aguantado (al menos asà lo creÃa) muchas cosas a la señora Lynde desde que ésta se mudara a «Tejas Verdes», debido a que ella no podÃa vivir con nadie, ya tuviera nueve o noventa años, sin tratar de educarlo convenientemente. La tarde anterior habÃa convencido a Marilla para que no permitiera al niño ir de pesca con los hijos de Timothy Cotton. Davy estaba aún furioso por aquello.
Tan pronto como bajaron la cuesta, Davy se detuvo e hizo una mueca horrible. Dora, a pesar de conocer bien sus habilidades al respecto, temió sinceramente que no pudiera volver a la normalidad.
—¡Maldita sea! —explotó.