Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Oh, Davy, no jures! —murmuró Dora.
—«Maldita» no es un juramento… no un verdadero juramento. Y si lo es, no me importa.
—Bueno, si tienes que decir palabras feas, por lo menos no lo hagas en domingo —rogó Dora.
Davy estaba lejos de arrepentirse, pero en el fondo sentÃa que quizás habÃa ido un poco lejos.
—Voy a inventar una mala palabra para mà solo —declaró.
—Si lo haces, Dios te castigará —dijo Dora solemnemente.
—Entonces Dios es un pÃcaro desconsiderado. ¿Acaso no sabe que un hombre tiene que tener alguna manera de expresar sus sentimientos?
—¡¡Davy!! —exclamó Dora, esperando que su hermano cayera muerto en el acto. Pero no sucedió.
—De cualquier modo, no voy a aguantar más las órdenes de la señora Lynde —farfulló Davy—. Ana y Marilla tienen derecho a mandarme, pero ella no. Voy a hacer todo lo que me prohibió. MÃrame y verás.
Y en medio de un hostil silencio, mientras Dora lo observaba fascinada por el horror, Davy salió del camino cubierto de verde musgo, sepultó sus tobillos en el polvo, producto de cuatro semanas de sequÃa, y anduvo arrastrando los pies con saña hasta quedar envuelto en una confusa nube.