Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Esto es sólo el principio —anunció triunfalmente—. Y voy a detenerme en cada puerta a conversar hasta que no quede nadie con quien hacerlo. Y me voy a retorcer en el asiento y a hablar todo el tiempo y voy a decir que no sé la Historia Sagrada. Y voy a tirar las dos monedas para las colectas ahora mismo.
Y asà lo hizo Davy: las arrojó por encima de la empalizada del señor Barry con feroz placer.
—Satanás te hizo hacer eso —exclamó Dora, con reproche.
—No —gritó Davy, indignado—. Lo pensé yo solo. Y pensé algo más. No iré a la escuela dominical ni a la iglesia. Me iré a jugar con los Cotton. Ayer me dijeron que se quedaban en su casa porque su madre no está y no tienen quien los lleve a la escuela. Vamos, Dora; lo pasaremos muy bien.
—Yo no quiero ir.
—Sà irás. Si no lo haces le contaré a Marilla que Frank Bell te besó en el colegio el lunes pasado.
—No pude evitarlo. Yo no sabÃa que iba a hacerlo —gritó Dora poniéndose roja como un tomate.
—Bueno, pero no le diste una bofetada ni parecÃas enfadada. También le diré eso si no vienes. Cortaremos camino cruzando este campo.
—Tengo miedo de esas vacas —protestó Dora, vislumbrando un medio de escape.