Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Qué tonterÃa tener miedo de las vacas! —se burló Davy—. ¿No ves que son más jóvenes que tú?
—Pero son más grandes.
—No te harán nada. Vamos. Esto es magnÃfico. Cuando sea grande no me molestaré en ir a la iglesia. Sabré ir al cielo por mi cuenta.
—Al otro lado irás si no respetas el dÃa del Señor —aseguró la infeliz Dora mientras lo seguÃa contra su voluntad.
Pero Davy no estaba asustado… todavÃa. El infierno quedaba muy lejos y las delicias de una expedición pesquera con los Cotton se hallaban cerca. Le hubiera gustado que Dora se mostrara más valiente. TemÃa a cada momento que se echase a llorar, y eso arruinaba la diversión de cualquiera. ¡«Caramba con las mujeres»! Davy no dijo «malditas» esta vez ni con el pensamiento y no porque lamentara… todavÃa… haberlo dicho antes, sino porque era preferible no provocar la ira divina varias veces en un mismo dÃa.