Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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No podían ir a pescar a la laguna pues corrían el riesgo de ser vistos por las personas que se dirigían a la iglesia; tuvieron que conformarse con el arroyo que atravesaba los bosques detrás de la casa de los Cotton, pero de cualquier manera, en el arroyo había montones de truchas, y eso hizo que pasaran una mañana magnífica. Por lo menos los Cotton la encontraron estupenda: y Davy parecía compartir esa opinión. No del todo imprudente, se había quitado los calcetines y los zapatos y conservaba puesto el guardapolvo que le prestara Tommy Cotton. Así equipado desafiaba los pantanos y las malezas. Dora se sentía franca y manifiestamente desgraciada. Seguía a los demás de charco en charco, apretando fuertemente su Biblia y su cuaderno y pensando con amargura en la bienamada clase, en la que hubiera debido estar en aquel momento, sentada frente a una maestra a quien adoraba. En cambio, allí estaba, vagando por los bosques con esos salvajes Cotton y tratando por todos los medios posibles de mantener limpias sus botas y su bonito vestido blanco. Mirabel le había ofrecido un delantal que ella rechazara con desprecio.

Las truchas picaban como sólo lo hacen en domingo.




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