Ana la de La Isla
Ana la de La Isla En una hora los pescadores tuvieron todo el pescado que quisieron, de modo que decidieron regresar a la casa, con gran alivio de Dora. Ésta se sentó muy tiesa sobre un fardo de heno mientras los otros se dedicaban a un horroroso juego de muchachos y subÃan luego al techo de la pocilga para terminar finalmente grabando sus iniciales en el apoyamonturas. El techo en declive del gallinero y un montón de paja que habÃa debajo inspiraron a Davy: pasaron media hora deslizándose desde el techo hasta la paja en medio de vivas y alaridos.
Pero hasta los placeres ilÃcitos tienen un fin. Cuando el rodar de los coches que cruzaban el puente les anunció el término de los oficios, Davy decidió que habÃa llegado la hora de marcharse. Se quitó la bata de Tommy, luciendo nuevamente su correcto atavÃo, y se separó de las truchas con un suspiro de resignación. No habÃa que pensar siquiera en llevárselas.
—Bueno, ¿no lo hemos pasado bien? —preguntó mientras bajaban la colina.
—Yo no. Y no creo que tú hayas disfrutado… realmente —respondió Dora, con una perspicacia poco habitual en ella.
—Yo sà —gritó Davy con un tono que no dejaba lugar a dudas—. Claro que tú lo habrás pasado mal, sentada allà como… como una mula.
—Yo no tengo ninguna relación con los Cotton —dijo Dora desdeñosamente.