Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Los Cotton son muy buenos. Y lo pasan mucho mejor que nosotros. Hacen lo que quieren y dicen cuanto se les ocurre ante cualquiera. Yo también voy a hacerlo de hoy en adelante.
—Hay montones de cosas que no te atreverÃas a decir.
—Te apuesto que sÃ.
—¿A que no dirÃas «rufián» delante del ministro?
—Bueno, un ministro es distinto. «Rufián» no es una palabra santa.
Davy no se sentÃa muy cómodo, aunque hubiera preferido morir antes que admitirlo ante su hermana. Ahora que habÃa terminado las bribonerÃas, su conciencia comenzaba a aguijonearlo. Después de todo, quizás hubiera sido mejor asistir a la escuela dominical. La señora Lynde podrÃa ser mandona, pero en su cocina nunca faltaba una caja con bizcochos hechos por ella; y no era tacaña. En aquel momento tan poco oportuno Davy recordó que cierta vez, cuando habÃa roto su nuevo pantalón para la escuela, la señora Lynde se lo habÃa zurcido sin decirle ni una palabra a Marilla.
Pero la copa de sus iniquidades no estaba aún colmada. Davy encontró que hacÃan falta nuevos pecados para cubrir los pasados. Aquel dÃa, mientras almorzaba con la señora Lynde, ésta comenzó por preguntarle:
—¿Estaban hoy presentes todos los de tu clase?