Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —SÃ, señora, estaban todos… menos uno.
—¿Diste tus lecciones de Historia Sagrada y de Catecismo?
—SÃ, señora.
—¿Pusiste la moneda en el cepillo?
—SÃ, señora.
—¿Estaba en la iglesia la señora MacPherson?
—No lo sé —esto, por lo menos, era verdad, pensó Davy.
—¿Anunciaron la reunión de la Sociedad de Ayuda para la semana próxima?
—SÃ, señora.
—¿Y la reunión para ejercicios espirituales?
—No. No sé.
—DeberÃas saberlo. TendrÃas que haber escuchado con más atención los avisos. ¿Sobre qué habló el señor Harvey?
Davy bebió un impresionante trago de agua, que sorbió junto con la última protesta de su conciencia. Volublemente recitó un viejo texto que aprendiera semanas atrás. Después de esto, y afortunadamente para él, la señora Lynde dejó de interrogarle; pero el niño no disfrutó de la comida. Sólo pudo comer un trozo de budÃn.
—¿Qué te sucede? —preguntó asombrada la señora Lynde—. ¿Estás enfermo?
—No —murmuró Davy.