Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Estás pálido. Será mejor que no andes al sol esta tarde —sermoneó.

—¿Te das cuenta de la cantidad de mentiras que has dicho? —preguntó Dora en tono de reproche, tan pronto como volvieron a encontrarse solos.

Davy, aguijoneado por su propia desesperación, se volvió ferozmente:

—No lo sé ni me importa. Y tú, mejor te callas, Dora Keith.

Y el pobre Davy se guareció en el seguro refugio de un montón de leña, meditando sobre la conducta de los transgresores.

Aquella noche, cuando Ana regresó, «Tejas Verdes» se hallaba envuelta en el silencio y la oscuridad. Inmediatamente se fue a dormir pues estaba muerta de cansancio y de sueño. La semana había transcurrido llena de compromisos que se prolongaban hasta horas muy avanzadas. No había terminado de poner la cabeza en la almohada cuando estaba ya medio dormida; pero en aquel mismo momento la puerta de su habitación se abrió suavemente y una voz plañidera dijo:

—Ana.

Ana se incorporó de un salto.

—¿Eres tú, Davy? ¿Qué sucede?

Una blanca figurita entró corriendo y saltó a la cama.


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