Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—No, pero… —agregó Davy con cautela— podría ser malo de alguna otra forma.

—¿No dirás malas palabras, ni faltarás a la escuela dominical, ni contarás mentiras para cubrir tus pecados?

—No. No vale la pena.

—Bueno, Davy, dile a Dios que lo sientes mucho y pídele que te perdone.

—¿Me has perdonado tú, Ana?

—Sí, querido.

—Entonces, no me importa mucho que Él me perdone o no.

—¡Davy!

—¡Oh, se lo pediré… se lo pediré! —dijo el niño mientras se alejaba del lecho convencido, por el tono de Ana, de que había dicho sin duda algo terrible—. No tengo inconveniente en pedírselo, Ana. «Por favor, Dios, estoy muy triste por haberme portado mal todo el día y seré siempre bueno los domingos y por favor perdóname». Ya está, Ana.

—Bien, ahora a dormir como un niño bueno.

—Sí, sí. ¡Vaya, ya no me siento miserable! Estoy muy bien. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Ana se recostó sobre la almohada con un suspiro de alivio. ¡Oh, cuánto sueño tenía! Y en ese momento:

—¡Ana!


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