Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Pero aquel dÃa Ana no notaba aquella lucha con tanta intensidad. Ruby estaba extrañamente callada. No habÃa pronunciado una sola palabra sobre fiestas, paseos o chicos. YacÃa en la hamaca, con su trabajo sin tocar y un chal blanco sobre sus delgados hombros. Sus largos cabellos rubios, que tanto envidiara Ana en sus dÃas de escuela, caÃan sobre su pecho. Se habÃa quitado las horquillas, pues decÃa que le daban dolor de cabeza. El color intenso que la tisis ponÃa algunas veces en sus mejillas habÃa desaparecido, dejándolas pálidas e infantiles.
En el plateado cielo apareció la luna, y su luz iluminó las nubes a su alrededor. Abajo brillaba la laguna, rodeada de radiante bruma. Más allá del campo de los Gillis estaba la iglesia, con su viejo cementerio. Las blancas losas brillaban a la luz de la luna, destacando sus contornos sobre los oscuros árboles.
—Qué raro parece el cementerio a la luz de la luna —dijo Ruby de pronto—. ¡Qué fantasmal! —añadió temblando—. Ana, pronto estaré allÃ. Tú, Diana y los demás andarán por el mundo llenos de vida, y yo estaré allÃ… en el cementerio… muerta.
Aquello sorprendió a Ana. Por unos instantes no pudo hablar.
—Sabes que será asÃ, ¿no es cierto? —preguntó Ruby.