Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Por la mente de Ana cruzĂł el extraño recuerdo de una divertida historia que escuchara contar a Philippa Gordon; la historia de un hombre que dijera más o menos lo mismo del mundo del futuro. Entonces parecĂa divertido; recordaba cuánto habĂa reĂdo Phil. Pero ahora nada tenĂa de humorĂstico, saliendo de los pálidos y temblorosos labios de Ruby. Era triste, trágico y real. El cielo no podĂa ser igual a lo que rodeaba a Ruby. Nada habĂa habido en su vida alegre y frĂvola, en sus vacĂos ideales y aspiraciones, que la hubiera preparado para el gran cambio, o que le permitiera imaginar la otra vida de otro modo que como algo extraño, irreal e indeseable. Ana buscaba desesperadamente algo que pudiera servirle para ayudar a Ruby. ÂżEs que podrĂa decir algo?
—Creo, Ruby… —comenzĂł; le resultaba difĂcil hablar a alguien de sus más profundos pensamientos o de las nuevas ideas que estaban vagamente tomando forma en su mente respecto de los grandes misterios de esta vida y del más allá; y todavĂa le resultaba más difĂcil hablar de ellos a Ruby Gillis—, creo que quizá tengamos ideas equivocadas sobre el cielo, sobre quĂ© es y quĂ© tiene guardado para nosotros. No lo imagino tan distinto de la vida como la mayorĂa de la gente. Creo que seguiremos viviendo allĂ casi como aquĂ y seremos igual. SĂłlo que será más fácil ser buenos y seguir a los más santos. Todas las dudas y perplejidades desaparecerán y veremos claro. No tengas miedo, Ruby.