Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—No puedo evitarlo —contestó ésta tristemente—. Aunque lo que dices sobre el cielo fuera verdad (y tú no puedes estar segura, pues sólo es producto de tu imaginación), de todos modos no sería igual. No puede serlo; yo quiero seguir viviendo aquí. ¡Soy tan joven, Ana! Casi no he vivido. He luchado terriblemente por vivir y ha sido en vano. Tengo que morir y dejar todo aquello que me es querido.

Ana sintió un dolor casi intolerable. No podía decirle mentiras piadosas, y todo lo que su amiga le había dicho era horriblemente cierto. Abandonaba todo cuanto amaba. Sólo se había preocupado por las cosas terrenales, por las pequeñas cosas pasajeras de la vida, olvidando las que llevan hacia la eternidad, las que unen los dos extremos del golfo y hacen de la muerte el paso de un mundo al otro, del amanecer al pleno día. Dios se ocuparía de ella allí; aprendería. Pero ahora no cabía duda de que su alma se aferraba, con ciega desesperanza, a lo único que conocía y amaba.

Ruby se alzó, apoyándose en un brazo, y elevó al cielo sus hermosos y brillantes ojos azules.




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