Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Quiero vivir —dijo, con un temblor en la voz—. Quiero vivir como los demás. Quiero… quiero casarme, Ana, y… y tener hijos. Tú sabes que siempre me gustaron los niños. Esto no se lo podría decir a nadie más que a ti. Sé cómo comprendes las cosas. Y el pobre Herb… me quiere y yo le quiero también. Los otros nada significan para mí, pero él sí; y si viviera podría ser su mujer y sentirme feliz. ¡Oh, Ana, es horrible!

Ruby cayó entre los almohadones y lloró convulsivamente. Ana estrechó su mano para consolarla, y ese gesto pareció ser mejor ayuda para su amiga que las palabras, pues, poco a poco, ésta se calmó y cesaron sus sollozos.

—Me alegro de haberte dicho todo esto, Ana —murmuró—. Me ha ayudado mucho. Lo deseé todo el verano; cada vez que viniste quise hablarte, pero no podía. ¡Me parecía que haría tan cierta la muerte si anunciaba que iba a morir o si cualquier otra persona lo decía o lo adivinaba! No me atrevía siquiera a pensarlo. Durante el día, cuando había gente a mi alrededor y todo estaba alegre, no era tan difícil dejar de pensar; pero por las noches, cuando no podía dormir, era horrible, Ana. En esos momentos no había escapatoria. La muerte venía y me miraba a la cara hasta darme tanto miedo como para gritar.


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