Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Pero ya no volverás a tener miedo, ¿no es cierto, Ruby? ¿Tendrás valor y creerás que todo irá bien?
—Probaré. Voy a pensar en lo que me has dicho y trataré de creerlo. ¿Vendrás a verme tan a menudo como puedas, Ana?
—SÃ, querida.
—No tardará mucho, Ana, estoy segura; y me gustarÃa que tú estuvieses junto a mà más que cualquier otra persona. Siempre te quise más que a las otras compañeras. Nunca fuiste celosa ni mezquina. La pobre Em White vino a verme ayer. ¿Recuerdas cómo éramos de amigas durante los tres años que fuimos juntas a la escuela? Nos enfadamos el dÃa del festival y desde entonces nunca nos volvimos a hablar, ¡qué tonterÃa! Todas esas cosas me parecen tontas ahora. Em y yo recordamos ayer la vieja disputa. Me dijo que me hubiese vuelto a hablar hace años, pero que creÃa que yo no lo harÃa. Y yo no le volvà a hablar porque estaba segura de que ella no querÃa. ¡Cuánta incomprensión hay entre la gente, Ana!
—La mayor parte de las desdichas de esta vida se deben a la incomprensión entre la gente —dijo Ana—. Ahora debo irme, Ruby. Se hace tarde y no debes exponerte a la humedad.
—¿Volverás pronto?