Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —SÃ, muy pronto. Y si hay algo en que pueda ayudarte lo haré con mucho gusto.
—Lo sé. Ya me has ayudado. Ahora parece todo menos terrible. Buenas noches, Ana.
—Buenas noches, querida.
Ana regresó a casa caminando muy despacio. Aquel anochecer habÃa traÃdo consigo un cambio para ella. Su vida poseÃa ahora un sentido distinto, un propósito más profundo. En la superficie quizás se mantendrÃa igual, pero en lo más hondo no. Con ella no deberÃa ocurrir lo de la pobre Ruby. Cuando llegara al fin de su vida no contemplarÃa la otra con el terror de algo diferente, algo para lo cual no la habÃan preparado los pensamientos y los ideales cotidianos. Las dulces cosas de la vida, buenas cuando se les daba su verdadera importancia, no debÃan constituir el fin de toda la existencia; el mandato divino debÃa ser aprendido y cumplido; la vida celestial debÃa comenzar aquÃ, en la tierra.