Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No puedo quedarme con ellos; son tuyos por derecho, Diana. Tú enviaste el cuento e hiciste las correcciones. Yo nunca lo hubiese enviado; de modo que debes cobrar el cheque.
—¡EstarÃa bueno! Lo que hice no tiene ningún valor. El honor de ser amiga de la ganadora es suficiente. Bueno, tengo que marcharme. Debà haber ido directamente a casa, pues tenemos visita, pero tenÃa que venir a conocer las noticias. ¡Estoy tan contenta por ti, Ana!
Ésta se inclinó de pronto, echó los brazos al cuello a su amiga y la besó en las mejillas.
—Creo que eres la mejor amiga del mundo, Diana, y te aseguro que comprendo la razón de lo que has hecho.
Diana, complacida y desconcertada, se marchó, y la pobre Ana, después de guardar el cheque en un cajón como si fuera dinero maldito se marchó a la cama y derramó lágrimas de vergüenza. ¡Oh, nunca podrÃa sobrevivir a esto, nunca!
Gilbert llegó al atardecer, con la intención de felicitarla, pues al pasar por «La Cuesta del Huerto» habÃa sabido la noticia. Pero al observar la cara de Ana no pudo hacerlo.
—Pero ¿qué te pasa? Esperaba encontrarte radiante por haber ganado el premio. ¡Te felicito!