Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Oh, Gilbert, tú no! —exclamó con tono plañidero—. Creà que tú comprenderÃas. ¿No ves lo terrible que es?
—Debo confesarte que no. ¿Qué ocurre de malo?
—Todo. Me siento como si mi desgracia fuera eterna. ¿Cómo crees que se sentirÃa una madre si encontrara a su hijo tatuado con un anuncio de levadura? Asà me siento yo. QuerÃa a mi cuento y puse en él lo mejor de mà misma. Y es un sacrilegio degradarlo hasta el nivel de un anuncio de levadura. ¿Te acuerdas de lo que nos decÃa el profesor Hamilton en la clase de literatura, en la Academia de la Reina? Afirmaba que jamás se debÃa de escribir una sola palabra con un fin bajo o sin valor, sino que siempre se debÃa uno aferrar a los más altos ideales. ¿Qué pensará cuando sepa que he escrito un cuento para propaganda de la levadura Rollings? ¡Y cuando se sepa en Redmond! Piensa cómo se van a reÃr de mÃ.