Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Eso no —dijo Gilbert, pensando, un poco incómodo, en que tal vez era la opinión particular de cierto estudiante de segundo año lo que tanto preocupaba a Ana—. Los condiscÃpulos pensarán, como pienso yo, que tú, como nueve de cada diez de nosotros, no nadas en la abundancia y que has elegido ese camino para solventar tus gastos durante el año. No veo nada degradante, ni tampoco ridÃculo. A todos nos gustarÃa sin duda escribir obras maestras de literatura; pero, mientras tanto, hay que pagar los estudios y el hospedaje.
Esta sensata manera de ver las cosas animó un poco a Ana. Por lo menos, alejó el temor de que se rieran de ella; pero sus ultrajados ideales quedaron con heridas profundas.